domingo, 29 de marzo de 2009

ESCUELA DE NIÑAS: "LEONA VICARIO".



Hermosillo, Sonora. México.

En el mes de junio de 1909, el Ejecutivo del Estado celebró un contrato con el ingeniero Felipe Salido, para la construcción de la Escuela "Leona Vicario". El Gobierno del Estado compró el terreno conocido como "La Chicharra" en el barrio de Las Sabanillas, propiedad que era administrada por la albacea de la testamentaria de doña Guadalupe A. de Durón, con un costo de doce mil quinientos pesos.

El 12 de febrero del siguiente año inauguraron el edificio como parte de los festejos del Centenario de la Independencia. Al evento asistieron maestros de renombre, como el recordado Heriberto Aja. Con frases de aliento por la superación intelectual de la mujer, el Gobernador del Estado, declaró solemnemente inaugurada la Escuela para Niñas.

Recogemos un párrafo de la crónica de inauguración del plantel: "En el amplio vestíbulo se improvisó un estrado, para los representantes de la autoridad, oradores y directores de fiesta. A la derecha estaba la tribuna. En las calzadas del frente había sillas para la concurrencia, que fue numerosa y heterogénea pues todas las clases sociales tenían allí representantes. Las hermosas hijas de Sonora, sencillas y elegantemente ataviadas, daban realce con sus gracias, al lucido evento".

Desde sus inicios contaba con un parque de recreo cruzando la calle Yañez al poniente. Durante años, las alumnas del plantel cruzaban la calle con el riesgo de un accidente. Para evitarlos, el Ayuntamiento contrató los servicios de "un técnico" para la construcción de un paso subterraneo elimininado así el riesgo de un accidente.

domingo, 1 de marzo de 2009

CENTRO HISTÓRICO DE HERMOSILLO.

CENTRO HISTÓRICO DE HERMOSILLO.
(Derechos Reservados)
Fragmento.
Ed. La Diligencia. 2009.
Hermosillo, Sonora.
1.- De Pueblo a Ciudad.


Sonora cruzó el siglo XIX por un verdadero berenjenal. Lo cruzó rodeado por comunidades indígenas irrumpiendo en las actividades productivas, asolando las rancherías del Distrito e interrumpiendo las precarias comunicaciones hacia un mundo que las intensificaba cada vez más, y por gavillas de bandoleros esperando el paso de la diligencia y atrasando los negocios con sus asaltos a mano armada. Grandes eran los riesgos de salir a los caminos, pero los negocios lo exigían. Cruzaban la “línea” protegidos por partidas de “ciudadanos armados con el objeto de escoltar conductas y algunos particulares…” Previendo que las mismas escoltas fueran en el futuro riesgos para los viajeros, reglamentaron las partidas desde el Ministerio de Guerra. El documento fechado a mediados de agosto de 1851, exigía a las autoridades civiles autorizar la convocatoria para la formación de los grupos, tomar nota del nombre de quien comandara las fuerzas, así como del punto de destino y del itinerario. Los riesgos y las distancias eran igual de dilatados. El exterior debió haber sido algo parecido a imágenes sueltas y borrosas que llegaban después de penosos tránsitos. Retazos, pedacería de un mundo modernizándose a zancadas y abriendo los nuevos caminos al comercio.
La calidad de una población depende y está estrechamente ligada a la calidad de las comunicaciones. En ocasiones los caminos nos adelantan el ambiente que podemos esperar en el pueblo que está al final del viaje. El que unía a Hermosillo con el puerto era prácticamente una brecha, llena de hoyancos, cruzada por arroyos sin vados y otros obstáculos, como piedras o grandes ramas. Y esta era la principal vía de comunicación de Hermosillo hacia el exterior y con el puerto de Guaymas como intermediario. Todo el norte y gran parte del sur de Sonora dependía del puerto para su movimiento comercial. El muelle de Guaymas era un asunto “estatal”, un asunto regional de importancia vital. Durante la construcción del muelle en 1836, el Gobernador del Departamento de Sonora decretó que todos los reos sentenciados a obras públicas de los Partidos de Arizpe, San Ignacio, Guadalupe, Moctezuma, Sahuaripa, Horcacitas, Hermosillo, Salvación de Buenavista y Loreto de Baroyeca, o sea prácticamente los de todo Sonora, fueran conducidos a la Villa de San Fernando de Guaymas y ocuparlos en los trabajos del muelle.
Hermosillo dependía del camino hacia el puerto para el desarrollo de sus negocios y el acceso de los insumos necesarios para el buen curso de sus empresas. El desarrollo urbano de la ciudad ha estado ligado al de las comunicaciones y sus medios de transporte. A la par, el puerto requería la mejora del camino y la formación de empresas de transporte, como las diligencias, para incrementar el movimiento comercial hacia el interior de la región. El 5 de abril de 1851, el Estado concedió a Dionisio Aguilar, Bernardo Lacarra, Manuel Oruño y Mateo Uruchurto, la exclusividad por diez años para explotar la línea de diligencias entre Guaymas y Hermosillo. La incorporación de nuevos medios de comunicación aumenta la capacidad de producción y de intercambio comercial.
Las primeras imágenes de la población las bosquejaron los viajeros extranjeros durante la primera mitad del siglo XIX. Henry G. Ward, de nacionalidad inglesa publicó su obra “México en 1827”, en la cual describe Hermosillo: “La población está construida de manera muy curiosa, ya que no hay nada que se parezca a una calle; las casas están dispersas en todas direcciones, con tan poca intensión de tener orden como si hubieran sido acomodadas por una tormenta”. El movimiento comercial a través del puerto de Guaymas trajo interesantes posibilidades a la economía de Hermosillo, que incidieron en su organización espacial. En el mes de marzo de 1840, el Y. Ayuntamiento contrató los servicios del maestro Mambrila para realizar los trabajos de trazo de las calles y delimitación de las cuadras.
Los viajeros del siglo XIX recorrieron el mundo buscando y estableciendo los contactos para extender los dominios del movimiento comercial. Al mismo tiempo, propagaron las ideas y las imágenes y establecer la comunicación entre los países promotores y los que iban integrando a este Nuevo Mundo. Las formas y los espacios arquitectónicos como medios de comunicación. Ward conoció la población cuando aun era la Villa del Pitic. Un pequeño poblado con sus tierras de labor extendiéndose a lo largo del Río de Sonora hacia el poniente, con un buen número de vecinos habitando casas de buen ver en los alrededores de la plaza. La Villa ya era un centro comercial de presencia regional gracias al citado tráfico comercial con Guaymas, y las ideas van prendiendo. El 4 de mayo de 1831, el Gobierno del Estado decretó la Ley No. 13, con la que estableció en Hermosillo “La Sociedad de la Ilustración”: “Su objeto no es otro que discurrir sobre ciencias, artes y agricultura; y emitir sus luces a sus ciudadanos, ya por la prensa o ya por medio de la discusión”. (Col. Fernando Pesqueira. Tomo I. BFP).
De punto receptor del comercio marítimo, Hermosillo pasa a ser centro de distribución regional. En 1856, ya corrían las diligencias rumbo a Ures, rumbo a la puerta de entrada a la región del río de Sonora, importante región agrícola y con gran potencial en la explotación de la minería. En 1861, el empresario guaymense, Tomás Robinson, en representación de Alfonso Coindreau, comerciante guaymense también, solicitó una prórroga de tres meses para el establecimiento de la ruta entre Hermosillo y el Tucson. En 1878, la línea de diligencias de Antonio Varela, cubría la distancia entre Hermosillo y Magdalena, para continuar su viaje rumbo a Tucson. El mismo Varela cubría la distancia entre Hermosillo y la Villa del Altar, para continuar su viaje a la citada población del Territorio de Arizona.
Hacia donde o de donde van y vienen las rutas trazadas por las comunicaciones, cuales son las que ponderamos y cuales son las que consideramos secundarias. En este juego se va construyendo la región durante el siglo XIX. No dirigimos la vista de igual manera al centro del país que hacia el este y el oeste de los Estados Unidos. Recordemos ambas regiones antes de la presencia del vecino del norte. Hacia la primera, el centro de la Nueva España, éramos sólo un valladar y proveedor de algunas riquezas minerales, hacia la segunda, una frontera encaramada en sus males. Paso siguiente, vamos construyendo la imagen de los Estados Unidos con las lecturas del progreso decimonónico. La región se construye partiendo de una intención, dejar de ser un simple muro protector hacia el centro del país y construirse como una región con su propio proyecto. Una intención que permea la naciente línea fronteriza hacia los Estados Unidos, y son las rutas hacia aquel rumbo las que ponderamos.
Así las cosas y abrimos las rutas rumbo al norte. En 1868, el Gobierno del Estado estableció un correo directo hacia el Tucson, con lo que la correspondencia entre Hermosillo y Nueva York tardaría diez y seis días en llegar. Los tiempos se acortan al paso de los años y de la incorporación de tramos de ferrocarril en los Estados Unidos. En 1880, el viaje entre Hermosillo y Nueva York era de ocho días, aprovechando el ferrocarril entre Nuevo México y San Luís Missouri. Las comunicaciones hacia los Estados Unidos tienen un sentido, el comercial y empresarial, caso contrario hacia el centro del país, si nos basamos en don Antonio García y Cubas, quien sólo indica las distancias entre las poblaciones, sin establecer ninguna relación con las potencialidades comerciales.
Hermosillo desarrolla su propio movimiento comercial aprovechando el tráfico con el puerto de Guaymas, hasta llegar a convertirse en un importante centro de distribución regional. Las comunicaciones aumentan el control sobre una vasta región hacia la sierra al oriente, y hacia los Distritos del Altar y Magdalena, puntos de contacto con el Territorio de Arizona. El mapa de Sonora trazado por Ernest Fleury en 1864, indica la importancia del camino del puerto rumbo al norte hasta Tucson, tocando a Hermosillo. Es el principal camino real carretero. Hacia el oriente, la población de Ures como punto receptor de caminos hacia otros de la sierra. Sólo los caminos de Ures a Hermosillo y al Altar son reales carreteros, y de cabalgadura hacia Arizpe y Fronteras, Moctezuma, Sahuaripa, La Trinidad y Álamos.
De mediados del siglo XIX nos vienen las primeras noticias sobre la construcción de un espacio arquitectónico, pensado ex profeso, para las actividades del ocio y de la cultura. La Junta sobre la Empresa de Teatro, formada por José María Portillo, Francisco G. Noriega y Celedonio Ortiz, creó un fondo con suscripciones voluntarias y, junto con los productos de las funciones de comedias, contrataron el 15 de abril de 1852 los servicios de Juan Salazar para la construcción de un teatro: “El Sr. Salazar se obliga a construir un teatro de las dimensiones y figuras que se representan en el plano que aquí se agrega, el cual contiene la fachada exterior, el centro, un patio, gradas, palcos y ( ) sobre éstos, llevando sus diferentes entradas y además un pasadizo o corredor especial para los palcos.
Una nota publicada en 1859, relata la construcción del primer edificio público de Gobierno en Hermosillo, la Casa Municipal. La nota es confusa en su redacción ya que también afirma haber sido construida “sobre el mismo plano que ocupaba el antiguo”. Es probable que el antiguo edificio se tratara de una casa en la cual sesionara el Ayuntamiento, y fuera demolida para construir un edificio con los espacios apropiados: “Los Sres. Capitulares pueden tener sus acuerdos dentro de un recinto digno de ese cuerpo”. La nueva Casa Municipal fue inaugurada el 10 de septiembre del citado año, con el apadrinamiento de los Sres. Pesqueira y Camou, quienes “promovieron en el acto una suscripción para terminar las obras de ornato que faltan habiendo reunido la suma de mil pesos”. La construcción de un edificio apropiado para los acuerdos del Cuerpo Municipal, podría reflejar la importancia que tomaban los negocios asociados al movimiento comercial y su impacto regional.
Estos son los dos únicos edificios públicos registrados a mediados del siglo XIX de los que se han encontrado evidencias de archivo, sin contar los templos que también son públicos, un teatro y la Casa Municipal. Un aumento en el movimiento en los caminos y la incorporación de medios de comunicación, como las diligencias, va “acortando” las distancias con el exterior. Sin contar con las evidencias de archivo, podemos presumir el avecindamiento de gentes con experiencias un poco más citadinas, como para hacer y disfrutar del teatro. Los asuntos de la ciudad pasarían entonces de los puros problemas de los labriegos y sus suertes de tierra, a otros de mayor grado de complejidad. Un proceso que debió durar algunas décadas, recordemos el alineamiento de calles por el maestro Mambrila en 1840.
En la panorámica viendo hacia el norte y desde el cerro de la Campana, fechada por el Archivo General del Estado de Sonora, AGES, en 1900. La primera calle en la parte inferior de la fotografía sería la Calle del Carmen, actual No Reelección, con buenas construcciones pero limitadas en la ornamentación. De frente tenemos la calle Abasolo que tuerce hacia la izquierda en la Serdán, entonces calle de los Naranjos o de la Alameda, para continuar en la calle Guerrero rumbo al norte. Apreciamos el lote baldío donde construirían el Mercado Público a fines de la década de 1910. La población limitaba al norte en las actuales calles Oaxaca o Niños Héroes.
El Ferrocarril de Sonora en los linderos de la ciudad extiende el horizonte y las posibilidades de los vecinos. Una nueva dimensión de la velocidad, por medio de las actividades comerciales e industriales intervienen en la conformación de los espacios urbanos, promoviendo la integración de formas arquitectónicas. Las comunicaciones lograron romper la especie de “estado de sitio” que vivió Hermosillo durante el siglo XIX. El Ferrocarril de Sonora sustituyó los trenes de carretones transportando el comercio del puerto a la nueva Capital de Sonora y los depósitos de comercio que dieran vida a la población, pasaron a ser los elegantes almacenes comerciales donde los vecinos de la ciudad admiraban y adquirían las elegantes porcelanas, el cristal cortado, buenos vinos y otros artículos suntuarios. Las comunicaciones intensifican el contacto con el Viejo Mundo y Asia a través de del puerto de Guaymas, y con Norteamérica a través de la incipiente población fronteriza de Nogales. El comercio lleva al espectro social hacia actividades urbanas de mayor calidad: “hay que admitir que gran parte de la creatividad del siglo XIX se expresó en las leyes del mercado comercial; en el comercio se revelaban los genios que, en nuestro siglo, se revelan en el laboratorio” (El Kitsh. Abraham Moles. P. 105).
Al igual que en Europa, a principios del siglo XIX, en el Hermosillo de fines del mismo siglo, van desapareciendo o bajando de importancia los tendajones atendidos por el propietario. La relación propietario-cliente convertía a cada uno de los changarros en un diálogo diferente. El sentido del humor del dueño del mostrador intervenía de manera directa en la conducta que el cliente tenía que adoptar para realizar el ejercicio de compraventa. Caso contrario, el almacén comercial unifica, universaliza, la relación entre ambos agentes. No existe ya la obligación de comprar para ingresar a un almacén. Recorrer las vitrinas, mirar a través de los vidrios del mostrador, tocar los objetos, se convierte en un ejercicio lúdico. El comerciante juega con la imaginación de sus posibles clientes al permitirles vivir por instantes la fantasía provocada por los objetos. Regresan a sus casas o mansiones envueltos por el encanto de alguna porcelana de Sevres, alguna lámpara de cristal cortado que ya imagina sobre la mesita de centro que vieron en otro de los almacenes.
Se integra a la ciudad una nueva “especie” social, el profesionista, médicos, ingenieros, arquitectos, abogados, reconstruyendo lo urbano y doméstico desde un nuevo discurso, desde otras palabras. La medicina, en voz de sus practicantes, como el doctor Alfredo Caturegli, recrea el discurso de la ciencia médica en una población trascendiendo a ciudad: “Los naturales dinamóferos (sic) de cuanto vive: luz, electricidad, calor y movimiento, obtuvieron resultados sorprendentes y abrieron al ser doliente las puertas de la fisioterapia científica, poniendo a su disposición, como un beneficio maravilloso, los poderosos efectos de la electricidad en sus diversas formas”. La ciencia envuelta en el discurso del romanticismo decimonónico, en los giros literarios y alegorías sobre las maravillas del progreso y de la vida.
La imagen del consultorio del doctor Alfredo Caturegli es una historia en si misma. Evocativa en la elegante decadencia de fin de siglo. Un pesado mueble cajonero en la esquina inferior derecha, traza una diagonal recta, tajante hacia el rostro del doctor que mira absorto hacia una ventana que le arroja la luz del exterior lanzando su sombra sobre otro mueble, un librero acomodado en el fondo y con ornamentación que se antoja rococó caduco. A su espalda, algunos instrumento científicos y una puerta que se imagina abierta, por la que ha de cruzar acaso el “ser doliente” en busca del maravilloso alivio de la ciencia moderna. Sobre el primer mueble, cargado de instrumentos científicos, y sobre la testa del doctor penden sendos focos de luz eléctrica. ¿Acaso una metáfora de la luz del conocimiento? Es difícil no recordar la novela de Mary Shelly, Frankestein, en la que la electricidad se convierte en uno de los emblemas de la modernidad, al desafiar a las mismas fuerzas de la naturaleza.
Las conversaciones cambian con las formas y las formas generan nuevas conversaciones, la palabra. Una gran distancia media del Hermosillo de mediados del siglo XIX, casi una aldea por las descripciones, viviendo de una gran extensión de tierras de cultivo extendiéndose hacia el poniente siguiendo la vera del río de Sonora, al Hermosillo de principios del siglo XX, con sus plantas industriales, almacenes comerciales, despachos profesionales y mejores espacios para el ocio. La palabra genera. El viejo camino del viejo presidio del Pitic rumbo al puerto, se reduce cada vez más a la brecha infame llena de obstáculos y riesgos al paso de la vía férrea. La misma palabra, ferrocarril, escuchada y repetida durante décadas fue creando las imágenes del porvenir, los espacios que envolverían la industria y el comercio, y las mansiones de sus promotores.
Observemos el plano de la casa de Francisco A. Metzler, 1894, trazado con regla y garrapateado con una letra manuscrita que nos recuerda más los viejos documentos solicitando recursos para detener a los “bárbaros” apaches. A la vieja usanza, marcan las puertas abatidas sobre el plano, y los árboles son dibujitos casi infantiles. Vayamos a la página 45 y veamos el plano de la planta alta de la casa del licenciado Guillermo Domínguez, el oficio del arquitecto. Indican el espesor de los muros y la proyección del volado de la fachada, todo a escala. La letra indicando cada uno de los espacios es uniforme. Es el trabajo de un especialista y lo firma al calce.
El plano de la fachada de Catedral, es obra de un arquitecto, se piensa que del italiano Aquiles Baldassi, de quien hasta la fecha sólo conocemos su nombre. Primera representación gráfica encontrada en la historia de la arquitectura de Sonora jugando con los elementos y ornamentos del lenguaje clásico interpretado por los revivals del siglo XIX.
Como representas el espacio que pretendes construir o que ya lo está. Entre el Hermosillo de mediados del XIX y principios del XX, vemos el tránsito de la vida rural a los linderos de lo urbano, de un vocabulario a otro. Es la palabra la que construye el espacio, la que le va dando forma al ser en sí misma un espacio. No es lo mismo cuarto, en el plano de Metzler, al de recámara en la mansión del licenciado Domínguez. No es lo mismo dormir en un cuarto que hacerlo en una recámara. El paso de un Hermosillo al otro fue la incorporación de nuevas palabras, de giros literarios construyendo o describiendo las nuevas formas. Pero las palabras germinan si hay tierra que se los permita. El proyecto del teatro para la población, en 1852, utiliza palabras que nos indican un oficio en el proyectar y en el construir: La portada, columnas y cornisa de la fachada según está en el plano serán “de ladrillo y mezcla”. Hablan de palcos, bastidores y otros lugares comunes de la actividad teatral. Según el contrato, las representaciones teatrales eran parte de la vida cotidiana de Hermosillo.
Es importante recordar que la tradición constructiva dentro de las formas occidentales, nos viene de los misioneros jesuitas. Ellos trajeron las primeras formas y formaron los primeros oficiantes de la construcción, albañiles, carpinteros (guasinques, como los nombra Kino en sus Favores Celestiales), canteros al final del período misional. Con la expulsión de los jesuitas en el año de 1767 y la secularización de las misiones en 1832, interrumpieron un interesante proceso de aprendizaje e incorporación de formas. El oficio decae y las formas se simplifican. Por las evidencias de fines del siglo XIX, las formas arquitectónicas del barroco, utilizadas preferentemente por los misioneros, trascendieron a la arquitectura civil en las sencillas formas de las viejas casonas. Las panorámicas del Hermosillo del citado período, muestran un caserío de fachadas planas, o con sencillas enmarques en puertas y ventanas. Esta tarscendencia nos permitió comprender las formas propuestas por el neobarroco, a fines del siglo XIX y principios del XX. La propuesta de los Neos, segunda mitad del XIX, prenden en la población hasta la década de 1910 de manera notable con algunos ejemplos muy importantes a partir de la década de 1880.

sábado, 31 de enero de 2009

HISTORIA REGIONAL.

La Frontera Norte de Sonora en el XIX.
Publicado en "En La Línea".
Hermosillo, Sonora. Septiembre de 1988.



Es de sobra conocido que las relaciones con el poderoso país que tenemos como vecino rumbo al norte ha definido nuestra identidad cultural en la necesidad de seguir siendo una nación, mientras que por otro lado ha alimentado las esperanzas de un gran sector por acceder al progreso y a la tan ansiada modernidad. La cultura fronteriza ha girado entre estos dos polos, uno de aceptación por servir de modelos para una mejor vida material, y otro de rechazo por agredir a la "identidad nacional". Los dos polos se comenzaron a formar desde que los norteamericanos tomaron el Valle de la Mesilla como territorio de paso al dorado sueño de la California. El primer sentimiento ante la vista de los inmigrantes fue de animadversión, estaba cerca y aun latente, el riesgo de perder más territorio en manos de los norteamericanos, como en realidad sucedió. Ante esto la solución fue formar una cadena de presidios fronterizos (instalación militar) que, por fuerza de las armas, defendiera el territorio nacional y sirviera como base a las futuras colonias. Línea defensiva trazada y diseñada desde el centro del país que no llegó a concretarse por falta de recursos humanos y materiales. Línea que no podía defender a la nación de las ideas de progreso que eran bien recibidas.
Junto con las muestras de defensa armada estaban los deseos de dejar atrás el mundo rural y disfrutar de los beneficios de la ciencia y la tecnología. En este sentido, la burguesía local es clara al resaltar los valores de la cultura anglosajona y los supuestos efectos positivos que tendrían entre "nuestros pobres y miserables campesinos". Y, como si fuera ungüento, tratarán de untar la mentalidad de dicha cultura para llevarlos por la senda del progreso. La visión de progreso modernizador los llevó a meterse en una especie de callejón sin salida. Los norteamericanos no estaban dispuestos a servir de modelo dejando de lado sus propios intereses, y los sonorenses no estaban dispuestos a ceder todo sin la posibilidad de participación.
Desde que el general Ignacio Pesqueira derrotó a Crabb en Caborca, 1859, hecho de armas que pasó a formar parte de los más selecto de la mitología sonorense, empieza el drama de las relaciones comerciales con los pobladores de allende la frontera. Entre estos dos momentos históricos se va formando la imagen que los naturales tienen del progreso. Dos actos que parecen antagónicos buscan, en realidad, la forma de que Sonora disfrute de las bondades del progreso.
No cabe duda que la cultura tiene sus bases en las relaciones materiales, la fronteriza se formó, y forma, en un largo proceso histórico de aceptación y rechazo de los modelos de la adelantada sociedad norteamericana que nos muestra a través de la línea fronteriza. La consigna de los pobladores, que tiene la vista fija hacia el otro lado es clara: queremos se como ustedes, pero queremos seguir siendo como somos. De aquí que sólo copiemos el telón de fondo, mientras que los actores representan los mismos papeles.

La Frontera en Ruinas.- Las noticias que nos llegan de la frontera norte desde las décadas de 1820 y 1830 nos pintan un cuadro desolador. El avance de los inmigrantes hacia el oeste, empujando a los "bárbaros" apaches, contribuyó a destruir las comunidades fundadas desde la época misional. Las mismas revoluciones internas restaron fuerza a la guerra contra las comunidades indígenas, colaborando a sus incursiones. El movimiento armado del general José Urrea, a fines de la década de 1830, propició el decaimiento de las fuerzas presidiales: "La desastrosa guerra civil que el ingratísimo Gral. Urrea trajo a su país natal lo puso en la mayor decadencia que jamás haya experimentado". Restablecido el orden, las autoridades estatales pusieron manos a la obra para componer la línea presidial. La revolución de Urrea obligó a utilizar las fuerzas presidiales en su contra, "quedando por este medio los presidios sin soldados y los salvajes sin este dique que les pusiera freno a sus depradaciones sanguinarias". Solicitaban para el caso que se destinaran los recursos de la aduana de Guaymas durante un año para reconstruir la maltrecha frontera. El 4 de abril del mismo año se dirigieron de nueva cuenta al Ministerio del Interior, informándole que de Ures, Capital del Estado entonces, salieron cien hombres abastecidos de lo necesario para hacer la guerra a los "bárbaros". Doscientos más del Partido de Oposura, uno de los que más resentían las incursiones apaches, salieron con el mismo rumbo y fin. Solicitaban de nuevo los recursos de la aduana de Guaymas, pues temían que esta reducida fuerza sólo sirviera para "preparar su saña y enardecer la cólera que les es natural". La guerra por el poder entre conservadores y liberales contribuyó bastante al deterioro de la frontera con los Estados Unidos.
El Valle de la Mesilla, sonorense hasta 1853, fue el territorio de paso de los inmigrantes al oro de la alta California. En el trayecto hostilizaban pueblos y rancherías aumentando el estado de zozobra. Aquellas vastas regiones eran casi "tierra de nadie", ya que poco podían hacer las autoridades mexicanas para detenerlos. De estas décadas abundan las noticias de alzamientos indígenas contra las poblaciones mestizas, tal vez como preludio a la próxima escalada norteamericana contra México. Las tribus indígenas de la región participaron, conscientes o no, en apoyo de los inmigrantes como fuerza de desgaste, aprovechando las mismas fricciones internas. En marzo de 1842, informan al Ministerio de Relaciones Exteriores y Gobernación de la "introducción de una partida de extranjeros con pretensiones seductivas a la tribu de los pápagos"". La medida a tomar fue la pronta expulsión de los extranjeros o no que fueran sospechosos. El mismo general Urrea salió un mes más tarde con armas y municiones y "las facultades necesarias para levantar tropas que contengan, castiguen y reduzcan al orden social a los salvajes que continuamente hostilizan a los pacíficos habitantes de ese Departamento". A la par de los apaches, los pápagos constituían una sera amenaza a la tranquilidad pública.
Las poblaciones del Valle de la Mesilla resintieron el constante paso de los inmigrantes hacia la Alta California. A principios de 1847 "el coronel D. José María González pasó para el presidio de Santa Cruz con setenta infantes para reunirse a la tropa que hay en el Tucson y seguir la marcha en alcance de la partida de norteamericanos que de tránsito para la California hostilizan dicho presidio". El Valle de la Mesilla empezó a perderse desde que se convirtió en paso a la Alta California. En este período la frontera norte de Sonora era en realidad un "media luna", cubriendo desde Bavispe, en el sur, hasta el Tucson en el norte. La media luna se rompe con el constante trajinar de los aventureros al oro de California. Las medidas para resolver el problema llegaron demasiado tarde. En abril de 1859 giraron instrucciones al Gobierno del Estado, del Gobierno Central, sobre el particular: "siendo conveniente a la tranquilidad pública del país el que por ningún motivo se introduzcan a la República por sus fronteras grandes reuniones de aventureros armados, aunque aleguen que lo hacen de tránsito para la California u otros lugares, S. E. esté a la mira y no permita que por este Estado se efectuen tales incursiones a menos que lo hagan en pequeñas partidas". Pero por más pequeñas que fueran las partidas, formaban grandes pueblos que posteriormente se transformaban en ciudades.
La desesperación, la impotencia y los malos manejos administrativos, fueron el común denominador en los reportes de la frontera norte, al menos entre Sonora y el Territorio de Arizona. En contrapartida, los mismo dejaron constancia de los buenos tiempos del período misional. Uno de éstos, fechado en septiembre de 1841, registró nueve pueblos y cuatro presidios, comprendiendo un territorio de Caborca hasta el Tucson, dilata región que contaba entonces con un poco más de diez mil habitantes. Parca población dada la extensión, más aun para los inmensos y variados recursos naturales, especialmente la minería. En los años de 1779 y 1803, descubrieron, respectivamente, los placeres de oro de La Ciénega y Los Llanos. Cerca de la misión de San Ignacio dieron con un lugar al que nombraron Planchas de Plata, "por haberse tenido que pegar fuego, a fin de que derritiéndose se pudiera trozar para extraerse". En 1836 sacaron una plancha de plata de ocho marcos. Por el brazo del mar, al poniente, había señales de placeres de perla y buenas salinas, enumerando las mejores del Pinacate. Los pastizales desarrollaron la ganadería al grado de que, en 1822, salió de la misión de Tumacácori, Sonora entonces, una partida de ocho mil reses. Para terminar con esta breve relación de los recursos naturales, en el Río San Pedro, cerca del presidio de Santa Cruz, cazaban la nutria. Con la expulsión de los religiosos españoles, en 1822, la administración de estos vastos recursos pasaron al cuidado de un Administrador General, nombra por el Gobierno del Estado. Las temporalidades, bienes materiales de las misiones, se perdieron y la confusión reinó en la Alta Pimería, hasta la formación de un nuevo Estado.
En el norte y en el noroeste se desplantaba una línea armada tratando de detener las incursiones apaches al centro del Estado. La línea de presidios, en 1853, empezaba con el de Janos en Chihuahua, al oriente, comprendiendo en el norte los de Bavispe, Fronteras y Bacoachi. En la región central, los presidios de Santa Cruz, Tubac y Tucson defendían las entradas y "sierras que corren del Valle de San Andrés hasta la Ciénega de los Pimas y júcaros". A pesar de, las incursiones apaches deterioraron rápidamente las poblaciones del norte de Sonora. La tenacidad apache obligó a los vecinos de Santa Cruz a solicitar, en abril de 1842, el traslado de la población a sitio seguro. "Con fecha 28 de diciembre del año pasado (1842) dirigió un ocurso el vecindario del presidio de Santa Cruz en el Departamento de Sonora, al Excmo. Sr. Gobernador del mismo, manifestándole que la inseguridad en que se hallan respecto de sus vidas e intereses, les obliga a pedir se les señale algún punto en el interior del Departamento a donde internarse para preservar así sus vidas y proporcionarse algunos medios de subsistir". Las autoridades estatales, estaban conscientes de las dificultades por las que atravesaban los vecinos de Santa Cruz, pero también de conservar el punto de defensa del presidio. Para evitar el abandono propusieron el reforzamiento de la frontera norte, utilizando los "productos de la venta de bienes y temporalidades que existen en dicho Departamento y en el de Sinaloa". Destinaron también parte de los productos de las aduanas marítimas de Guaymas y Mazatlán.
Otro reporte sobre presidios, fechado el 25 de noviembre de 1848, da cuenta de igual forma del lamentable estado de los mismos: "Las compañías presidiales que cubren la línea fronteriza, son Altar, Tubac, Tucson, Santa Cruz, Fronteras, Bavispe y Bacoachi. Todos guardan el más deplorable estado. El de Altar apenas recuerda su nombre, se destruyó de hecho en su totalidad, sin que halla quedado otra cosa de ella mas que el Capitán y dos sargentos. Las fábricas materiales de esta Compañía existen en ruinas describiéndose en confusión las que aun eran". En todos los presidios faltaban tropas y armamento para lograr un buen desempeño en la defensa de la frontera.
Si en la frontera oriente golpeaban los apaches, en la poniente lo hacían los pápagos. Según informes de 1846, los alzamientos de la tribu provocaron incalculables males a los pueblos del Partido. Para sofocar las rebeldías de las tribus indígenas rebeldes al gobierno, destinaron doscientos ochenta hombres. "La sección partió del Altar hacia los terrenos enemigos para acabar con los excesos hostiles de la tribu pápago". El peligro de sublevación podía trascender a los Partidos de Hermosillo y Horcasitas, regiones en las cuales podían abastecerse de bastimentos y caballada para sus posteriores incursiones. Las casi dos mil quinientas personas a las que ascendían los enemigos pápagos despoblaron cinco placeres de oro en el Partido.
El Río Colorado es el extremo poniente del Distrito del Altar, actual límite entre Sonora y Baja California. Antes de que Guaymas fuera el principal puerto de Sonora, las embarcaciones se dirigían hasta la desembocadura del Colorado. En la rivera izquierda, en territorio de Arizona el fuerte Yuma era el contacto del movimiento marítimo comercial de la región. La importancia de Yuma aumentó con el tendido de la línea férrea hacia San Francisco, limitando las posibilidades de Guaymas y aumentando considerablemente el contrabando. Por las noticias de 1862, observamos un mayor intercambio comercial en la región del Colorado, a diferencia de la zona fronteriza serrana. La guerra de Secesión obligó a las autoridades norteamericanas a suspender y restringir el paso de mexicanos y norteamericanos por el fuerte Yuma. La prohibición se derogó a mediados de 1862, invitando a los habitantes de Sonora a vender sus productos en Arizona: "harina, carnes de puerco y cordero, azúcar, café, trigo, cebada, frutas, legumbres y otros. Advirtiendo el comunicado que todo aquel que se sirviera a prestar ayuda o adquirir información útil al enemigo sería aprehendido, reputado y castigado como traidor".
Estas eran las dos fronteras de Sonora en el siglo XIX. En el oriente la media luna formada por los presidios, que trató inútilmente de contener el avance de los inmigrantes y apaches. En el occidente, el despoblado Distrito del Altar. Cada una de ellas a tenido su propio desarrollo histórico y formado su propio espacio.

lunes, 10 de noviembre de 2008

CODORACHI

Los tres primeros años de los ochenta fueron los del camino. Los del puro camino. Trabajaba entonces en Obras Públicas del Gobierno del Estado y, en calidad de “préstamo” a raíz de un convenio, pasé al departamento de Monumentos Históricos del INAH, Centro Noroeste en aquel tiempo y Centro Sonora hoy, comisionado para trabajar en el Catálogo de Monumentos Históricos del INAH y otras labores propias de mi profesión. La relación con historiadores, economistas, antropólogos, arqueólogos, sociólogos y otros “logos”, influyó en mi visión de la arquitectura. Dejé de verla como un simple ejercicio de diseño, para entenderla en una dimensión mucho más amplia.
Pues bien, en uno de esos días de aquellos años, recorríamos el camino rumbo al Codorachi, los restos de una hacienda porfirista abandonada y “emblazonando” los recuerdos de los bellos tiempos. Una mole de ladrillo aparente con un copete en la parte más alta y con su respectivo óculo, donde alguna vez un reloj pudo haber marcado el tiempo de las labores. Al frente y camino de por medio, la casona de los propietarios igual en ruinas. En el primer edificio, que fue el molino, aun se apreciaba el entrepiso de madera machihembrada y las viejas máquinas de madera y fierro, despidiendo los aromas de la primera revolución industrial.
En la vieja casona, con algunas secciones derruidas, vivía el matrimonio encargado de cuidar las ruinas. Ocupaban uno de los cuartos del frente utilizando el viejo mobiliario de los tiempos de principios del siglo pasado. Un enorme “trastero” de madera fina lleno de molduras y recovecos, pero bastante maltratado por el tiempo. Un mesa con fuertes patas torneadas mostrando el mismo maltrato del paso de los años.
Tomamos las fotos de rigor para la ficha del catálogo, así como la descripción del edificio: Dos niveles, de ladrillo aparente, con molduras por todas partes y muy bien trabajadas, y el mencionado copete sin el reloj, etcétera, etcétera, etcétera. La visión de desolación, de páramos yermos, desapareció al echar un vistazo a la fachada trasera del edificio. Un pequeño puente soportado por un arco forjado con ladrillo, salvaba la pequeña acequia que conducía el agua del arroyo al pozo donde alguna vez una rueda de paletas hizo girar el mecanismo del ingenio molinero.
Todo era verdor en la parte posterior del edificio. Grandes mezquites y otros arbustos daban una sombra bastante extensa y agradable. Era como si el molino se hubiera convertido con el tiempo en una especie de represo, deteniendo el agua y convirtiendo aquella parte en un verdadero vergel. Adentrándome en el monte, “descubrí” los restos de una construcción probablemente anterior a la de la hacienda. Quedaba un arco en ruinas pero aun en pie, cubierto por la maleza y algunas enredaderas. Toda una imagen para un billete de los viejos.
En una sección donde el arroyo hacía hondonada, un par de familias de lugareños refrescaban el día bajo la sombra escuchando las rancheras. Los niños chapoteando en el agua, los hombres dando cuenta de los botes de cerveza y las doñas en su cotorreo de las cotidianidades domésticas. Todo un cromo. Si de entre la maleza hubiera aparecido el Charro Negro cantando con su guitarra y una morena de trenza tan negras como sus ojazos acomodada en la grupa de la montura, no me hubiera sorprendido demasiado. Me hicieron saber que un poco más allá, ahora no recuerdo hacia donde, quedaban los restos de una acequia y otras obras de ingeniería hidráulica, que eran más viejas que el molino.
De regreso al edificio del molino, con sus dos pisos de ladrillo aparente y su copete sin reloj, aprecié mejor los efectos de la arquitectura sobre la naturaleza. Un arroyo que se vio forzado a desviar su camino por las obras hidráulicas para dar fuerza a la maquinaria, interrumpió su rumbo de verdura creando un jardín a espaldas de la construcción, mientras todo el frente, los terrenos de cultivo y el camino mostraban la desolación de la erosión.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

TRILOGÍA SONORENSE

Jesús Félix Uribe García.

El Mar.

Ven... regresa mar bermejo
Y cuéntame tu historia.
Mar de un desierto
De vida frágil de segundos.
De rocas cimarronas trepadas en el viento.
Ven regresa mar bermejo
Y cuéntame tu historia.
Cuéntame las islas del Kun Kaak.
Regresa... ven mar bermejo
Que de ti... sólo conozco
Tus nombres y tu orilla.


El camino.

Camino de tierra
de tierra adentro.
Camino de polvo de casa vieja.
Camino que empiezas en la mañana
Y escondes el mediodía
bajo la sombra de los mezquites.
Camino de tierra...
De sangre adentro.
Camino que andas y andas y andas...
Y nunca llegas.
Donde está el pueblo
Que tu buscabas
Camino de tierra...
De tierra adentro.

El Horizonte.

Desde el rojo batallar en el poniente
Que desdobla el horizonte en espejismos
De planetas y colores
Vemos venir el ave envuelta en llamas de la noche.
Ave candente, ave nocturna...
Pájaro rasante que vuelas
Entre mezquites y sahuaros.
Ave pímica y califórnica
De un mar bermejo que regresa los reflejos
Del rojo batallar en el poniente.
El poniente...
El poniente...
El Poniente es el norte de esta tierra.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Arquitectura Moderna












CASA DEL PUEBLO

Probablemente la primera propuesta del racionalismo en la arquitectura de Hermosillo.
Por la Ley No. 15 del 18 de Noviembre de 1933, el Congreso del Estado autorizó el gasto de $132,034.00 para la construcción de la Casa del Pueblo.
El proyecto fue obra del Ingeniero Agrónomo Luís Arturo Romo. Un Vitral de Fermín Revueltas lució en el interior de la Sala de Juntas, mismo que desapareció antes de la demolición del edificio a principios de la década de 1970.

domingo, 31 de agosto de 2008

Foro Monumentos Históricos




















FORO DE CONSULTA PARA LA REGULACIÓN
Y PRESERVACIÓN DE LA ZONA HISTÓRICA
DE HERMOSILO.


El 8 de Septiembre de 1828, la Villa del Pitic fue elevada a la categoría de Ciudad, con el
nombre de Hermosillo. En Memoria del insurgente José María González Hermosillo.
Para conmemorar los 180 años, el Instituto Municipal para la Cultura y las Artes, IMCA,
del H. Ayuntamiento de Hermosillo y la Sociedad Sonorense de Historia, organizan el
Foro de Consulta para la Regulación y Protección del Patrimonio Histórico de Hermosillo.

jueves, 14 de agosto de 2008

Arquitectura del Porfiriato

LA CASA GREENE



En grandes rasgos, la arquitectura habitacional de occidente cuenta con dos tradiciones constructivas, la de tierra en las regiones mediterráneas y la de madera en las regiones septentrionales del viejo continente. Los Estados Unidos retomaron la tradición constructiva de la madera venida de Inglaterra, y la casa de Greene, así como la mayoría de las casas-habitación de Cananea a principios del siglo XX, crean un “paisaje” urbano que rompe con las formas “típicas” de la arquitectura regional de Sonora.
Como enclave económico, Cananea crea sus propios espacios urbanos y arquitectónicos que son parte del lenguaje de los empresarios y trabajadores norteamericanos y que, a la larga, influirá en la arquitectura regional.
Esta manera de construir parece venir desde la edad media en las regiones septentrionales de Europa. Pasados los siglos llegó a identificarse como arquitectura Victoriana, en referencia a la reina Victoria de Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XIX. Se caracteriza por ser construcciones de muros de madera tableada y generosos pórticos apoyados en columnas de madera torneada. En el caso de la casa Greene, el pórtico que la circunda está apoyado en columnas de sección cilíndrica.
A diferencia de las cubiertas planas de las construcciones mediterráneas, tradición en la cual se ubica nuestra forma de construir, los techos inclinados a “cuatro aguas” (pendientes) cubren las construcciones de la arquitectura Victoriana. Sistema que les permite enfrentar las fuertes lluvias y nevadas en la regiones septentrionales de Europa, y que en Cananea cumplieran igual función.
La arquitectura Victoriana, con sus “extrañas” formas, son parte ya de la historia de la arquitectura regional de Sonora. Influyó en la actividad constructiva y, por fotografías, sabemos que en el Hermosillo de principios del siglo XX se levantaba una construcción con parecidas características en la manzana posterior a la de Catedral. Esta construcción, conocida con el término genérico de “chalet”, desapareció en un incendio en la segunda mitad de la década de 1940.
Jesús Félix Uribe García
Arquitecto
Proyecto y Construcción.
Telcel. 662 1247093

Arquitectura Moderna

MORALES HERMANOS


En el año de 1925 organizaron en París la exposición de Artes Decorativas, lanzando una propuesta estética que afectaría no sólo a la arquitectura. El estilo influyó en el diseño en su totalidad, desde los edificios hasta el mobiliario, ropa, maquillaje, joyas y toda una variedad de utensilios domésticos y de oficina. El Art Déco se propagó con rapidez, sobre todo en la clase media, como un sinónimo de modernidad y contrario a las tendencias historicistas decimonónicas con una profusión de formas ornamentales bastante elaboras. La sencillez de las formas geométricas permitió el uso de materiales industrializados, como el cemento y el concreto armado.
El Art Déco fue bien recibido en México, aportando además las formas geométricas de las culturas mesoamericanas, sobre todo maya y azteca. Uno de los primeros edificios decorados con las formas de este interesante estilo de las vanguardias de principios del siglo XX, fue el Palacio de Bellas Artes. La construcción de este importante edificio se reanudó pasado el movimiento revolucionario de 1910. En 1928, el arquitecto Federico Mariscal incorporó las formas del Déco en la ornamentación del Palacio de Bellas Artes.Las formas propuestas por el Art Déco pronto fueron adoptadas para la construcción de edificios comerciales y oficiales, desarrollando una fuerte actividad constructiva durante las décadas de 1920 y 1930 en la citada ciudad de México. Podemos citar el edificio La Nacional, obra de los arquitectos Manuel Ortiz Monasterio, Bernardo Calderón y Luís Ávila. La construcción de este edificio terminó el 27 de diciembre de 1932. Pero fue el sector oficial el, en mi opinión, propagador del estilo por toda la república mexicana. Sobre la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, SCOP. En Hermosillo tenemos como ejemplo el edificio conocido como la Inalámbrica y el de comunicaciones ubicado en la calle Rosales sur.
Con la inauguración de la planta de cemento en Villa de Seris, a fines de 1930, inicia un nuevo período en la actividad constructiva en Hermosillo, substituyendo los materiales tradicionales, adobe y madera principalmente, por los industriales. En este período construyen los primeros edificios modernos, pero dentro de la corriente conocida como el racionalismo. Como ejemplos, la desaparecida Casa del Pueblo, construida a principios de la década de 1930, la planta baja del Hotel Laval, el edificio Ferreira (Serdán y Garmendia) y otros.La propuesta hecha en la Exposición del Arte Decorativo en París, en 1925, “llega” a nuestra ciudad en la década de 1940. Una importante firma comercial papelera, “Morales Hermanos”, en funciones desde 1936, inicia la construcción de su propio edificio a fines de 1944. Ubicado en la esquina de Serdán y Abasolo, donde actualmente abre sus puertas la farmacia Benavides, era de dos plantas. La planta baja se componía de un amplio salón rodeado por los mostrados y tres almacenes. En el segundo piso el mezanine y siete despachos “propios para profesionistas. La obra fue realizada por el ingeniero Medina Luna, quien construyó un buen número de edificios en las décadas de los treinta y cuarenta, entre ellos el citado edificio Ferreira.
El Art Déco en Hermosillo no muestra la fina ornamentación que encontramos en las grandes ciudades. Pero dentro de su sencillez, encontramos los elementos que lo caracterizan. Como podemos apreciar en la gráfica, la esquina era “ochavada”, aunque sin marcar el acceso, los elementos verticales y “escalonados” nos refieren directamente al estilo Déco, así como la elevación de los mismos. Por otra parte, los ventanales pertenecen al llamado racionalismo, por lo que se trata de una composición ecléctica, ya que combina dos estilos arquitectónicos.Así como en la Ciudad de México, el Art Déco fue prontamente adoptado en nuestra ciudad. Durante los cuarenta se construyeron un buen número de edificios dentro de este estilo, desafortunadamente ya desaparecidos. La misma modernidad, dentro de su dinámica, va eliminando las propuestas al lanzar al “mercado” las “modas” que vendrán a sustituir lo anteriormente propuesto. Uno de los edificios que aun sobreviven es el de la papelería Abascal (Serdán y Pino Suárez), construido un año antes y el primero en ser pintado con pintura de aceite a fines de la década.



INTERNATIONAL HARVESTER




A mediados de la década de 1940, la imagen de la ciudad y de su arquitectura juega entre los recuerdos de los viejos tiempos y las formas propuestas por las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. Las viejas casonas porfiristas caen para abrir grandes avenidas a imagen y semejanza de las ciudades modernas o para levantar sobre sus escombros los edificios del funcionalismo. Los espacios de antaño pasan a las crónicas, a los recuerdos, mientras los de nuevo cuño arriban con sus discursos de funcionalidad, eficiencia y capacidad. A mediados de 1946, cuando el río de Sonora corría aun libre y las acequias regaban los huertos a las orillas de la población, la compañía Internacional Harvester, presenta su edificio ubicado en la calle Pino Suárez, hoy Rosales. Una construcción de geometría sencilla, con su fachada principal de vidrio mostrando una relación interior-exterior novedosa para una población acostumbrada a los cerrados muros de adobe de las viejas casonas.
El funcionalismo trae, en esta relación entre lo interior y lo exterior, una nueva forma de transitar la ciudad, la transparencia. Queda atrás el caminar al ras de los viejos y cerrados muros de adobe, con sus grandes ventanales protegidos por postigos de madera y rejas de hierro. Lo moderno, son las grandes superficies de vidrio que desbordan la vista hacia el interior de los comercios, o hacia la calle, entablando un diálogo entre ambos espacios, el interior y el exterior. De noche, las luces encendidas de la moderna arquitectura, hacen transitar el espacio interior en un ambiente iluminado que atrapa a los viandantes. Es la transparencia, el poder vivir los espacios sin, necesariamente, entrar en ellos. Esta es la gran aportación de la arquitectura moderna a un pueblo con viejas casonas de adobe que sólo mostraban su austera, en la mayoría de los casos, fachada. La ciudad moderna construye los espacios arquitectónicos, para participar de un movimiento cotidiano, de un diario andar por las calles.
No se trata de un edificio aislado que viene a resolver las necesidades de los agricultores. Es parte de todo un sistema internacional de comercialización, convirtiendo el espacio arquitectónico en el emblema de la empresa: “Domina el cristal en todo el frente, y esta es otra característica del edificio, porque en su interior también no hay más que concreto, de suerte que de un departamento central puede observarse en cualquier momento todo lo que se mueve en el negocio, desde sus puertas de entrada hasta el último rincón de oficinas y talleres.” Un concepto del espacio que rompe con aquel otro, el que va quedando en los recuerdos, con sus espacios cerrados por gruesos muros de adobe. El sentido de la vista juega ahora con la transparencia, recorre desde la calle y banqueta traspasando la delgada capa de vidrio, para escarbar en todos los recovecos del interior.
Parte del discurso de las formas propuestas por la modernidad, es el análisis racional de los espacios que forman el conjunto así como de las relaciones entre ellos. No es un producto de la tradición, de formas que se retoman de generación en generación. El proyecto del edificio, que es prácticamente el mismo en todas partes donde se construya, no es el resultado del “capricho arbitrario de un arquitecto”. Resulta de un estudio “científico” hecho por verdaderos especialistas en la materia. Es un producto “racional”, en el cual todas sus partes forman un conjunto coherente y manejable por los prestadores del servicio como por sus usuarios.
Este edificio sobrevive, es parte de los recuerdos de la arquitectura propuesta por las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. Actualmente, alberga un restaurante de comida china y no tardará en proponerse como un edificio con valor histórico dentro de la ciudad.

jueves, 7 de agosto de 2008

Arquitectura Religiosa

CUCURPE

Conocí Cucurpe a principios de la década de 1980, cuando empezaba a recorrer los rumbos de la historia y de la arquitectura regional. La distancia entre Magdalena y este pueblo se salvaba por un camino de terracería (hoy pavimentado), que lo recuerdo por ir entre suaves lomas y por un paisaje que se abría a un horizonte poblado por extensos bosques de sahuaros. Ahora, recordando aquellos tiempos, trato de imaginar a los ejércitos de la Orden de Jesús, los jesuitas pues, recorriendo las brechas y caminos entre sahuarales y bosques de mezquites.
Los imagino al trote de sus cabalgaduras o al lento andar de sus pasos recorriendo el inmenso territorio de la Alta Pimería, rodeado por una naturaleza que les era extraña. Fueron constructores de templos en un paisaje que se dibujaba en el horizonte con formas vegetales desconocidas para los europeos. La arquitectura occidental teniendo como telón de fondo un paisaje distinto, nos lleva a un juego de la percepción que altera las formas originales. La sobriedad de los primeros templos o los caprichos del barroco, cambiaron la envoltura natural que los rodeaba en Europa, por otra en la que las tonalidades de los materiales y la iluminación les diera un tono distinto.
Sabemos que los primeros templos fueron construidos con adobe y cubierta de zacate y tierra, como los describieron en un documento fechado en 1772. Fueron los materiales para la construcción durante más de siglo y medio en estas "lejanas" tierras de aquel Septentrión de la Nueva España. Los europeos por su parte, usaron durante milenio y medio la piedra, con la que lograron una plástica que reproducirán en nuestra tierra usando la tierra. La piedra y la tierra son materiales que enfrentan la luminosidad de manera distinta, son texturas que afectan la retina provocando distintas sensaciones. Son los juegos de la percepción que revaloran el carácter regional de las formas arquitectónicas "universales".
La tierra, en forma de adobe o enjarres, fue el primer material para la construcción de templos en nuestra región, al que se agregó, a fines del período jesuítico, la cantera. Posteriormente, los franciscanos introdujeron el ladrillo cocido, aumentando las capacidades constructivas. Cada uno de estos materiales es un relato plástico narrando historias venidas de su propia plástica, que le da el carácter regional a las propuestas universales. Los tres materiales su usaron ya de mantera individual, o ya combinándolos para resolver diferentes problemas de la construcción. La actividad constructiva va sumando materiales y técnicas, alterando la propuesta original y reforzando el carácter regional de la arquitectura.
Las ruinas del templo de Cucurpe son una grata conjugación de diversos materiales, el adobe, la cantera y el ladrillo, con sus propias texturas jugando con el sentido de la vista. Los arcos forjados en ladrillo cocido formando el cuadrado para recibir la cúpula, refleja la luz de un sol poniente que enciende el rojo de este material. Las sombras producidas semejan una caprichosa danza que alterna con los planos iluminados y que la magia de la fotografía detiene en un instante. Al alegre rojo del ladrillo, contrastan los suaves tonos ocres de la cantera y el color tierra del adobe.
El templo de Cucurpe se convirtió en ruina, sin siquiera llegar a ser una construcción terminada. Los muros de adobe con recubrimiento de cantera, son el apoyo de unos arcos que se levantan hacia el cielo como mudos testigos de aquellos afanes, de aquellas andanzas de misioneros y constructores por tierras sonorenses.
(Foro Plural. Año 1. No. 9. 15 de Julio del 2003)


LA CAPILLA DE SAN ANTONIO


A principios del siglo XIX, los vecinos de un barrio en las goteras de la Villa del Pitic, rumbo al poniente, aportaron sus limosnas para la construcción de un templo dedicado a San Antonio. Un caserío en el cruce de caminos, del cual conocemos poco su historia en estos lejanos tiempos. Es de presumir que sus pobladores se dedicaban a la agricultura y a otros menesteres del campo.

Una nota publicada el 6 de julio de 1830, nos dice que los vecinos iniciaron la construcción del templo diez y seis años antes, en 1814. Poco menos de cincuenta años atrás expulsaron a los jesuitas y los franciscanos tomaron su lugar en la administración de las misiones. Para fines del período jesuítico y principios del franciscano observamos una mejoría en la construcción de templos.
La ornamentación es ya mucho más elaborada, si la comparamos con la del período anterior. Entre otros templos ponemos como ejemplo el de Batuc, cuya fachada se conserva en un monumento en Hermosillo. Podemos ubicar en esta tradición constructiva regional, el templo de San Antonio.
La planta arquitectónica es in aula, en una sola nave, con el cuerpo de la torre adosado en el lado norte. Cuenta con coro y soto coro, resuelto éste último con bóveda de crucería. El templo quedó inconcluso, y durante bastante tiempo exhibió los arcos que al parecer nunca recibieron la bóveda.
La fachada está resuelta en estilo barroco, enmarcando el acceso con sendos pares de columnas apoyadas en peraltados dados y sosteniendo una moldura en la parte superior. Entre los pares de las columnas un nicho, elemento propio del barroco.
En la fachada encontramos uno de los símbolos del cristianismo con mayor presencia en los templos construidos a fines del siglo XVIII y principios del XX en la región, la Concha. Remata los nichos adosados a la fachada principal y entre los pares de columnas. Los antiguos cristianos utilizaban la concha para derramar el agua bendita sobre las cabezas de quienes eran bautizados, convirtiéndose con el tiempo en el símbolo de la Resurrección.
En la actualidad la capilla de San Antonio, envuelta ya por la mancha urbana, nos recuerda los afanes de aquellos primeros pobladores de un barrio sin nombre en las goteras del viejo Hermosillo. Sus muros de adobe, desgastados por el paso del tiempo y la generosa indiferencia de la modernidad que ve en el adobe un sinónimo de atraso, van desgastándose. Los arcos que nunca recibieron la bóveda, sólo son un recuerdo de las capacidades constructivas de hace casi doscientos años.
A mediados del siglo pasado, cuando los modernos fraccionadores tomaron por asalto el espacio, recuperaron a San Antonio para nombrar la colonia.
(Publicado en: Arquitectura Regional del Noroeste. No. 1. Febrero del 2007)

Jesús Félix Uribe García
Arquitecto
Proyecto y Construcción.
Telcel. 662 1247093

miércoles, 6 de agosto de 2008

Bienvenida

Estoy en el café con mis buenos amigos organizando el blogg sobre arquitectura regional
del noroeste. Espero sus opiniones.